La oración del Padre Nuestro

Ustedes, pues, recen así:


Padre nuestro, que estás en el Cielo,
santificado sea tu Nombre,
venga tu Reino,
hágase tu voluntad
así en la tierra como en el Cielo.

Danos hoy el pan que nos corresponde;
y perdona nuestras deudas,
como también nosotros perdonamos
a nuestros deudores;
y no nos dejes caer en la tentación,
sino líbranos del Maligno.

Porque si ustedes perdonan a los hombres sus ofensas,
también el Padre celestial les perdonará a ustedes. 
Pero si ustedes no perdonan a los demás,
tampoco el Padre les perdonará a ustedes. 

Mt 6,9-15

Es muy importante el caer en la cuenta de algunos detalles: siendo tan importante la oración, no vemos a Jesús en ningún momento que obligue a los apóstoles, ni les imponga el que TIENEN QUE ORAR; los deja hasta que nace en ellos el deseo y la curiosidad; Él entiende que esto no es una obligación, sino una necesidad que nace desde lo más hondo del ser, como el “hambre”, como la “Sed”… algo sin lo cual no se puede vivir. Esto es algo que Jesús ha visto desde pequeño en su familia, en la gente sencilla de su pueblo: es una necesidad vital de estar en contacto con Dios y, por eso, es algo que está incorporado en su vida como el comer o el beber y lo hace con la más completa naturalidad: no sabe moverse si no es en presencia y con el beneplácito de su Padre.


Los discípulos ven esta actitud en Él y eso les provoca el deseo de hacer lo mismo y le piden que “les enseñe a orar” (Lc. 3,21; 5,16; 6,12; 9,29).

Jesús comparte con ellos lo que Él vive y siente en relación con su Padre y les pide que sientan y vivan lo mismo; las palabras que les indica, no son una teoría sobre la oración, ni un método científico, sino la expresión entrañable que le nace al hijo que siente un verdadero amor a su padre.

“PADRE NUESTRO QUE ESTÁS EN EL CIELO” 

Es la expresión del hijo que se dirige a su padre (Jesús lo llamaba “ABBA”, "papi" en nuestro lenguaje) y pide a sus apóstoles que también lo sientan ellos así, que no tengan reparo alguno, pues Él es así.

Al llamarlo “Padre” le estamos reconociendo su paternidad sobre nosotros; reconocemos también nuestra fuente y origen de vida y de la existencia: sin Él, nosotros no vivimos ni existimos.

Al reconocerlo nuestro padre, estamos confesando que llevamos en nosotros su imagen y semejanza, que viene a ser como nuestro código genético. 

Pero al reconocerlo Padre NUESTRO, estamos confesando la igualdad radical de todos los seres humanos: somos hijos del mismo padre, por lo tanto con igualdad de dignidad, con lo que nadie puede levantarse ni considerarse superior a nadie; esto nos iguala a todos en los fundamentos de la persona, estableciendo la igualdad universal de todos los seres humanos.

Al llamarlo “Padre NUESTRO” nos estamos declarando hermanos de todos los seres humanos y estamos declarando que no nos podemos quedar insensibles a lo que le ocurre a un hermano, por muy distante que viva. Estamos confesando y proclamando la “Fraternidad Universal”

“SANTIFICADO SEA TU NOMBRE”

Le expresamos nuestro deseo profundo de que sea reconocido como Padre por todos los hombres, con lo que estamos confesando nuestro deseo de igualdad entre todos, que sea reconocido como Dios y Señor que nos ama y, nosotros deseamos que sea alabado, reconocido, amado, glorificado, agradecido por todos los hombres, mujeres e instituciones de toda la tierra. Estamos proclamando nuestro deseo de que todo lo que el ser humano hace, sus hijos, lo haga en nombre de Dios, su Padre y, por tanto, como si fuera Él quien lo hace, con lo que quedaría fuera de lugar cualquier atropello, corrupción o desorden. 

“QUE VENGA TU REINO”

Es el deseo más profundo de un hijo que ama a su padre y que quisiera que todo esté bajo la seguridad y la protección de su Padre, pues sabe que hechas las cosas o dirigidas por Él, se establecerá la JUSTICIA, la VERDAD, el AMOR la PAZ.

Ser misionero no es más que luchar para que la presencia del Padre lo llene todo y se establezca su voluntad, es lo que debemos desear siempre, establecer como nuestro programa de vida y pedir en cada momento, pues de otra forma la vida se hace insoportable.

Jesús tenía esto tan claro que en algún momento decía, como proponiendo un programa de vida: “Buscad el Reino de Dios y el resto ya se os dará por añadidura”.

“QUE SE HAGA TU VOLUNTAD EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO” 

Somos conscientes de que Dios Padre, que ha hecho el universo como un acto de su amor y en él ha puesto al hombre, hecho a su imagen y semejanza para que sea feliz, y sentirse feliz con Él, sería estúpido pensar que Dios vaya a estar colocando trampas al hombre y haciéndole la vida imposible, de forma que no pueda cumplir el fin para el que ha sido puesto en la tierra.

La voluntad de Dios es “que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”. Cristo es LA VERDAD, la presencia viva del Padre: “Quien ve al Hijo ve al Padre que lo ha enviado” y “quien escucha al Hijo está escuchando al Padre”; por tanto, desear que se haga la voluntad de Dios en la tierra como se hace en el cielo, no es, sino seguir las huellas de Jesús que el modelo más perfecto que tenemos; se trata, entonces, de unir nuestra voluntad a la de Cristo, para decidir escoger siempre lo que le agrada a Dios que, a su vez, es lo que más y mejor nos conviene.

Y lo que Cristo realiza en la tierra, para que sea lo mismo que en el cielo, está bien claro: “Hacer presente el Reino de Dios”, convertirse en el instrumento vivo y eficaz de ese reino, de tal forma que Él mismo se convierte en la expresión visible del reino.

Lógicamente, mantener esta tensión de vida, es imposible si es que no vivimos en una constante unión con Dios Padre, como el hijo que vive en perfecta unidad con su Padre, exactamente igual que le ocurría a Jesús. La oración, entonces, se convierte en el camino indispensable para el discernimiento y para poder saber en cada momento cuál es la voluntad de Dios y al mismo tiempo en la fuente de donde nos nutrimos de toda la fuerza que necesitamos para llevarlo adelante.

“DANOS EL PAN DE CADA DÍA”

Ciertamente, no se puede vivir donde no hay justicia, donde la verdad es desconocida y no nos podemos fiar de nadie, donde no amamos ni nos sentimos amados y, lógicamente donde la paz es un bien desconocido y por eso le pedimos que estas condiciones de vida, que son las que el Padre Dios pone para sus hijos, no falten nunca; pero, tampoco somos ángeles y necesitamos alimentar este cuerpo cada día. No le pedimos que nos dé para almacenar y retener hasta que se pudra, sino que no nos falte a nadie lo que necesitamos para vivir con dignidad cada día que nos levantamos.

No le pedimos que nos tenga resuelto el futuro, de forma que nos podamos echar a dormir en los laureles, no. 

Con esta petición le estamos pidiendo que nos dé salud para poder trabajar, que nos dé trabajo cada día, de forma que podamos ganarnos el pan que nos comemos y podamos vivir con la dignidad de todo hijo de Dios; por tanto, que nos libre del desempleo, de la carestía que nos puede llevar a situaciones complicadas. 

Le estamos pidiendo que nos libre de desastres que nos pueden llevar a situaciones en las que perdemos el horizonte y podemos perderlo de vista a Él. 

Le estamos pidiendo que el trabajo que hacemos en el campo, en la fábrica o donde sea, tenga su resultado y se convierta en un don para todos y no sea destruido o atropellado. 

Le estamos pidiendo que no falte en el hogar lo necesario para alimentar, vestir, educar y sostener todos los servicios necesarios para vivir en paz en la familia… y esto lo hacemos extensible a todos los seres de la tierra, nuestros hermanos. 

Con esta petición le estamos diciendo a nuestro Padre Dios que cuide de todos los ancianos que se encuentran solos y desvalidos, de todos los enfermos que viven dependientes de alguien que los ayude a vivir… Es, pues la oración del hijo que ama y confía en su padre, pero también es al mismo tiempo la oración del hermano que no vive tranquilo sabiendo que sus hermanos están sufriendo. 

Pero al mismo tiempo que confía en el Padre y expresa su amor y su preocupación por sus hermanos, es una expresión de compromiso y de implicación en la solución de los problemas: no pido y me cruzo de brazos esperando que me resuelvan el problema, sino que pongo todos los medios a mi alcance con la seguridad de que mi Padre no me va a dejar en la estacada y, cuando yo no pueda más, puedo estar seguro de que Él ha de poner el resto.

Sería un absurdo y hasta ofensivo estar haciendo esta oración al Padre mientras por nuestro lado estamos haciendo todo lo contrario: exponiendo la salud, realizando mal el trabajo, explotando a los trabajadores, robando lo que se le debe a los obreros o estafando a la empresa, aprovechándonos de la necesidad del hermano, viviendo del cuento y aprovechándonos de los demás, 

“PERDÓNANOS NUESTROS OFENSAS, COMO NOSOTROS PERDONAMOS A LOS QUE NOS OFENDEN”

Cuando alguien comete un “delito”, lo que merece es un castigo. El perdón es una de las manifestaciones y expresiones más genuinas del amor, pues frente al merecimiento del castigo lo que se nos regala es el perdón; esto está fuera de todos los esquemas e intereses del mundo y supera todos los cálculos humanos, por eso es una de las manifestaciones más claras de Dios.

Le pedimos que nos perdone, pero al mismo tiempo le estamos pidiendo que nos enseñe a perdonar como Él lo hace, pues lo que nosotros llevamos inscrito en nuestro código genético es el ojo por ojo y diente por diente, la venganza, el odio, el rencor… el PERDÓN es algo que tenemos que aprender, porque eso es sobrenatural y solo un amor tan grande y puro como el de Dios es capaz de hacerlo; 

El PERDÓN, como el AMOR, como la VERDAD o la JUSTICIA, no es algo que nos nace como algo espontáneo; esto es algo que se consigue hacerlo a base de estar anclados en Dios, de mirar cómo Él me perdona a mí, cómo me soporta, cómo me aguanta y viendo cómo Él pasa por encima de mis pecados, así voy yo aprendiendo a hacer lo mismo con mis hermanos y, cuando voy tomando conciencia de mis pecados, aprendo a ser comprensivo con los otros y ese ejercicio hace que yo vaya valorando lo que Dios hace cada día conmigo. 

El PERDÓN es el ejercicio de sanación más hermoso que Dios ha puesto para los seres humanos, es lo único que nos hace levantar la cabeza y respirar con alegría. Por algo insistía Jesús: “Si no perdonas, ¿cómo quieres que Dios te perdone?..."La misma medida que uses es la que se va usar contigo…

Por otro lado, si yo no logro tener la experiencia del perdón regalado a mi hermano, jamás podré darme cuenta de la grandeza del perdón que a diario estoy recibiendo de Dios por mis fallos. De alguna manera el juicio final nos lo vamos haciendo poco a poco en la tierra: lo que yo voy haciendo con mis hermanos es exactamente lo que se me va a hacer a mí en el momento final.

La oración, como la amistad y las cosas grandes y entrañables, no es algo que surge un día como quien ha tenido una gran ocurrencia en un momento de lucidez… no. Es algo que va haciéndose a base de “encuentros”, como cuando te enamoras: cada vez sientes la necesidad más fuerte de estar al lado del ser querido y a medida que lo vas conociendo más lleno te sientes; como quien se acerca al fuego: cuanto más te acercas más te calientas y, por el contrario, cuanto más te retiras más helado te quedas. Algo parecido es lo que ocurre con el tema de la oración o, dicho de otra manera: la experiencia del encuentro con Dios no es algo que se aprende en un libro, sino que se “gusta” “ESTANDO” con el Señor.

Jesús invitaba a sus discípulos a ser constantes y a no fallar y les indicaba que el Padre les daría el Espíritu Santo, que es el verdadero maestro para que puedan pedirle lo que realmente les interesa y lo hagan con la disposición debida; esto solo lo puede hacer el Espíritu. 

“NO NOS DEJES CAER EN LA TENTACIÓN, SINO QUE NOS LIBRE DEL MALIGNO” 

El mal está en el mundo establecido por el hombre; ese es el “mar” en donde a diario tenemos que navegar y con el que necesariamente nos vamos a encontrar y constantemente nos va a estar planteando la batalla: unas veces nos ataca directamente y tenemos que estar fuertes y, otras lo hace con toda suavidad, incluso aliándose con nosotros.

Al Padre le decimos “Que nos libre de caer en la tentación”, es decir, de dejarnos engañar y seducir por aquello que se nos presenta con imagen de BIEN y con argumentos razonables, hasta el punto que resulta estúpido no aceptarlo. Esa es la verdadera tentación y el verdadero peligro, pues no lo vemos ni calculamos el daño que a la larga nos puede hacer, con la apariencia de “bien”. Si nos detenemos y miramos despacio, veremos que ninguna de las tentaciones que describe el Evangelio las sentiríamos como tentaciones, sino como cosas lógicas: si a cualquiera de nosotros nos dijese Jesús: "Mira, llevo 40 días sin comer... ¿qué te parece si convierto esto en algo para hacer un sándwich?", estoy seguro que todos diríamos: "¡Pues claro!". Incluso le diríamos que lo está haciendo muy mal si no lo hace, porque tiene que cuidar de su vida y lo que está haciendo es un atentado... es decir le daríamos mil y una razones para que lo hiciera y se lo aplaudiríamos, porque es lo más lógico y sensato.. Pues Él contestó: “No solo de pan vive el hombre…”.

El gran problema de la tentación es que la veo lógica y hasta buenísima; su maldad no se la veo por ningún sitio, más bien aparece como algo completamente bueno... es una trampa y la trampa no se ve, aparece como buena.

O sea, que la tentación hay que relacionarla más bien con el engaño, y ésta es engaño porque no se la ve. La tentación, por tanto, es algo que, como no esté atento y me descuide, caigo y encima, me siento hasta bien y tengo hasta miles de razones para justificarme. Por eso es un don de Dios el poder recibirla y tener la lucidez suficiente para hacerle frente. En consecuencia, cuando le pedimos que no nos deje caer en la tentación, lo que le estamos pidiendo es un espíritu de discernimiento grande y una voluntad fuerte para hacerle frente a lo que aparentemente se presenta como lógico y como bueno.

Lo peor que nos puede ocurrir es instalarnos en los brazos del MALIGNO sintiéndonos bien y con todas las razones lógicas, legales y hasta con el beneplácito de la sociedad. A eso, Jesús le llamaba el pecado contra el Espíritu Santo, pues resulta casi imposible escapar de esa situación. 

¡SEÑOR, ENSÉÑANOS A ORAR! 

La verdad es que, cuando nos detenemos a pensar despacio, nos damos cuenta que necesitamos ORAR como el comer, si queremos encontrar el ambiente apto para poder respirar en libertad y sentirnos felices, es necesario crear el ambiente de intimidad y familiaridad con Dios.

Jesús nos invita a crear ese clima, nos dice: “Tengan fe en Dios. Yo les aseguro que el que diga a este cerro: ¡Levántate de ahí y arrójate al mar!, si no duda en su corazón y cree que sucederá como dice, se le concederá. Por eso les digo: todo lo que pidan en la oración, crean que ya lo han recibido y lo obtendrán. Y cuando se pongan de pie para orar, si tienen algo contra alguien, perdónenlo, para que su Padre del Cielo les perdone también a ustedes sus faltas.” (Mc. 11,24-26)

Él lo ha dicho, el resto depende de nosotros. Alguien decía que la oración es como un papel en el que Dios ha comenzado el escrito y ha dejado el resto del papel en blanco para que lo continuemos nosotros. Al final ha puesto su firma, pero el resto de espacio en blanco que queda por escribir en el folio nos toca a cada uno, eso va a depender completamente de cada uno.

La experiencia que nos cuenta el Evangelio es que la gente veía a Jesús orar con toda naturalidad, como quien comparte todo con un ser querido y notaba cómo Dios Padre le escuchaba en todo hasta el punto que su experiencia de intimidad con Dios hacía que la gente sintiera el vivo deseo de hacer lo mismo.

De hecho, en Israel una de las normas de todo judío religioso era la oración diaria en la que repiten una serie de salmos y frases hechas. Sin embargo, lo que hace Jesús, es otra cosa bien distinta: Él se comunica espontáneamente como el niño con su padre, liberándose de todo esquema.

Por eso tampoco hace como todos los maestros espirituales que enseñan a sus discípulos métodos fáciles y prácticos de oración. Los discípulos al verlo, sienten ganas de hacer lo mismo que Él y le piden que les enseñe. Sin embargo, su “lección” no es una teoría, sino su propia experiencia, en la que se encuentra todo lo que necesita un buen método de oración:
  1. INSISTENCIA: no dejarlo para cuando me encuentro fervoroso, para cuando no tengo otra cosa qué hacer… quien siente a Dios a su lado, no lo deja para los momentos que le interesa y tampoco deja las cosas a medias: insiste y hasta regatea, si es necesario, como Abrahán intercediendo por Sodoma o como el mismo Jesús decía: “Si no te escucha por ser amigo, que lo tenga que hacer por cansino” –como contaba con la parábola del vecino inoportuno-.
  2. ATENCIÓN: algo que nos sorprende enormemente es que no utilicemos con Dios los mismos esquemas de educación elemental que utilizamos entre nosotros los humanos: cualquiera saldría indignado viendo a alguien que no te pone la más mínima atención a lo que dices ni te escucha… Habría que hacer un estudio de la actitud que tenemos cuando rezamos a Dios o nos ponemos en su presencia para orar. 
  3. HUMILDAD: el ejemplo claro nos lo puso Jesús con el fariseo y el publicano que se presentaron a orar al templo: uno iba exigiendo derechos y, poco menos que recordándole a Dios sus obligaciones para con él. El otro entendía que hasta el simple hecho de que Dios le prestara atención era ya un regalo que no merecía y que hasta eso mismo debía agradecerlo. Tendríamos que ver nuestra actitud delante de Dios a la hora de dirigirnos a Él. 
  4. CONFIANZA: Alguien decía: “¿Para qué voy a rezar ni voy a ir a misa si Dios nunca escucha lo que le digo?”. Lógicamente, si parto del hecho de que Dios solo escucha a quien le interesa, ya no me estoy fiando de su amor y su preocupación por mí; jamás podré constatar su presencia en mi vida, pues incluso los momentos en los que se hace presente y visible, yo estaré viendo otra cosa.

Melitón Bruque